Todos somos tentados por algo o por alguien en algún momento de nuestras vidas. Hay tentaciones que se identifican fácilmente, otras, en cambio, son un poco más refinadas. El Nazareno nos da algunas pautas para imitar en nuestras vidas para crecer hasta la altura del hombre perfecto-Cristo.

Primer domingo de cuaresma

El escenario: el desierto. El escenario del desierto adquiere diferentes connotaciones conforme se piense en un lugar geográfico o en una realidad que adquiere un valor teológico. Podemos caracterizarlo en un primer momento como un lugar inhóspito, despoblado, lugar estéril, “se opone a la tierra habitada como la ‘maldición a la bendición’”. En el Antiguo Testamento hablar del desierto se puede hacer en una doble connotación, allí por un lado “‘reina la soledad rugiente de la desolación’ (Dt 32,10), símbolo del castigo de Dios que lo reduce todo a ‘una desolación, árida como el desierto’”. Es también, “la morada de los demonios (demoníaco), que amenazan a los hombres con impureza, enfermedad y muerte”. Como parte de la historia de la salvación en esta connotación negativa es el lugar donde “Dios deja perecer a todos los que se han endurecido en su infidelidad y en su falta de confianza, sin embargo, no por eso abandona su designio, sino que saca bien del mal”.

También el desierto en el Antiguo Testamento es el lugar “donde el Creador planta para el hombre el jardín de Edén Gn 2, 8-14; la acción creadora divina es vista como una victoria sobre el desierto inhabitable, sobre el caos primordial”.

Se convierte en símbolo de finitud y de las limitaciones humanas, pero a su vez, como espacio de la fuerza vivificadora de Dios. Él aparece entonces en el desierto como un pedagogo en el que su pueblo debe aprender el comportamiento debido con Él. Solo en esta capacidad de atención a la voluntad de Dios se puede pasar de una condición de muerte, de enfermedad a una realidad de vida. Israel tiene la posibilidad de experimentar la cercanía y la fidelidad de Dios o puede rehusarse a ella y experimentar la lejanía de Él que lo arroja a un peligro mortal. El pueblo de Israel en medio de su infidelidad, conducido por Moisés que camina bajo la sombra de Dios, encontrará finalmente la salvación.

Aunque se constituye como lugar de purificación y nuevo nacimiento, de transformación de tierra árida en tierra fértil, de lugar de encuentro con Dios; este es un lugar transitorio, un lugar de provisionalidad, “Dios no nos ha llamado a vivir en el desierto, sino a atravesar el desierto para vivir en la tierra prometida”.

El desierto evoca momentos decisivos del camino de Israel, Jesús muestra una diferencia radical, donde Israel no fue capaz de vivir en relación filial con Dios, Jesús confirma su condición de Hijo único de Dios a través de una relación de absoluta fidelidad frente a Dios; es allí donde Él manifiesta su vivencia total a la Palabra y al Espíritu. Es el lugar donde corrobora el ser elegido de Dios en cuya humanidad se revela la naturaleza de su filiación divina.

Personajes: Jesús y el diablo

Lo esencial es ver que los tres tipos de “tentaciones” (pan, poder, popularidad) ponen a prueba la fidelidad de Jesús como “Hijo de Dios” enviado a cumplir su “misión mesiánica” desde dentro de la condición humana, para redimirla y liberarla. Por eso comienza cada tentación diciendo “Si eres el Hijo de Dios…”, y se le propone una manera de falsear “su misión mesiánica”. La experiencia de la tentación, la presión de la tentación, fue real, tan real como la de cualquier persona sometida a ella, incluso tal vez mayor. En todas las formas de la tentación Satanás procuró hacer entender a Jesús que haciendo un acto lícito podía recibir un beneficio.

“Diablo en griego significa “divisor”: es aquel que nos separa de Dios y nos deja solos. Se le llama también “tentador”: trata de hacernos caer. Se le llama también “Satanás”, palabra hebrea que significa “adversario”, “acusador”: cuando hemos caído, nos acusa implacablemente para clavarnos en nuestra culpa. (Cf. Fausti, “Una comunidad lee el evangelio de Mateo”, 51).

El verbo: TENTAR

Una clave de lectura la encontramos en la tentación, cuando nos referimos a ella, solemos darle una connotación moral o calificarla como una realidad de pecado, lo que hace que desviemos el auténtico sentido. En un primer momento, ninguna tentación es en sí misma un mal. Podemos entenderla ante todo como la incitación a lo que es indigno de nuestra dignidad humana y por ende cristiana. Una mirada a la etimología de la palabra nos puede ayudar: En griego “tentar” (peirázo) viene de “peiro” (de donde viene “punta”), que significa atravesar, pasar más allá. Así se hace la “experiencia”, y uno se vuelve “perito” o “experto” a no ser que uno “perezca”: en efecto, siempre existe el “peligro” de una “aporía”, que impide el paso. Todas estas palabras tienen la misma raíz griega, que es común a “peirázo”, de donde deriva el verbo tentar.

En otras palabras, cada vez que uno se encuentra ante situaciones nuevas o de desierto, siempre sentirá la tentación. Esto en sí mimos es natural, ahora, dejarse arrastrar por ella es otra cosa. La tentación es la punta que hay que atravesar, salir del desierto e ir a la tierra prometida. La tentación por tanto no es limitación está allí para atravesarla, pasarla y crecer.

Cómo te relacionas con las situaciones de tentación?