En la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, nos sumergimos en una reflexión profunda sobre la realeza de Cristo. El P. Raniero Cantalamessa, plantea un cuestionamiento crucial: ¿Reina o no Cristo en nuestro interior? ¿Es su realeza reconocida y vivida por cada uno de nosotros?

De Espinas a Corona: Un Camino de Conversión

La lectura del Evangelio de Mateo (25,31-46) nos presenta un «reino» definido por la vida, la justicia y la paz. Es un recordatorio de que no se trata solo de un poder externo, sino de una presencia transformadora en cada uno de nosotros. Cuántas veces, sin embargo, somos nosotros mismos quienes coronamos al Señor con las espinas de nuestros propios pecados.

La solemnidad de Cristo Rey nos llama a la reflexión y a la acción. En lugar de imponerle espinas a su reinado, permitamos que Él guíe nuestro camino de fe y esperanza a través del amor resucitado. Es el momento de despojarnos de las espinas y permitirle a Cristo reinar en nuestro interior.

El Desafío Personal:

La pregunta clave no es si Cristo reina en el mundo, sino si reina en nuestro corazón. ¿Le damos el trono de nuestras vidas, permitiendo que su amor guíe nuestras acciones y decisiones? En el ruido del día a día, a menudo olvidamos este aspecto esencial de nuestra fe: hacer a Cristo el Rey indiscutible de nuestro ser.

La Coronación del Amor Resucitado:

Dejemos que la solemnidad de Cristo Rey no sea solo un día en el calendario litúrgico, sino una experiencia cotidiana. Dejemos que el amor resucitado de Cristo nos guíe en este camino de fe y esperanza. Reconozcamos que, a pesar de nuestras espinas, Él sigue siendo nuestro Rey, siempre dispuesto a perdonar y acoger.

¡Preparémonos para el Adviento!

Con la solemnidad de Cristo Rey, cerramos el Tiempo Ordinario y nos adentramos en la anticipación gozosa del Adviento. Este es el tiempo de preparación para el nacimiento del Salvador, una oportunidad para renovar nuestra relación con Cristo y acogerlo en nuestros corazones de manera más profunda.

Vamos con todo en #Adviento2023. Que este tiempo de preparación sea una invitación a vivir la realeza de Cristo en cada rincón de nuestras vidas. Que su luz ilumine nuestro camino, recordándonos que su reinado no es de este mundo, pero está destinado a transformar nuestros corazones y a guiar nuestra existencia hacia la plenitud de la vida en Él.