En un mundo donde el placer y la gratificación instantánea son moneda corriente, puede resultar desconcertante la idea de renunciar a aquellas cosas que tanto nos gustan. ¿Por qué privarnos de nuestros chocolates preferidos, de la adictiva serie de moda, o de los entretenidos videojuegos? ¿Por qué dejar de asistir a esos conciertos y partidos «imperdibles»? La respuesta puede parecer simple, pero su significado trasciende lo superficial.

El tiempo de penitencia en la Cuaresma se vive con la práctica de los tres grandes pilares que son ayuno, limosna y oración.

¿Cuándo ayunar y quién está obligado a hacerlo?

La Iglesia pide a los católicos ayunar durante el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, mientras que los viernes de cuaresma están marcados como días obligatorios de abstinencia.

Según las normas, ambas prácticas son obligatorias para aquellos bautizados, desde la edad de 18 años y hasta los 59. En el caso del ayuno, se le permite a la persona comer una comida completa, así como dos comidas más pequeñas que juntas no equivalgan a una comida completa.

No obstante, hay algunas excepciones, dependiendo del estado de salud de la persona o las actividades que le impidan llevar el ayuno de una forma más sistemática.

En el caso de la abstinencia implica no comer carne roja (res, cerdo o cordero), ni de aves (pato o ganso), entre otros; sin embargo, lo que sí se puede consumir son el pescado y los mariscos, además de que lo pueden practicar a partir de los 14 años de edad con una excepción para los enfermos.

Una practica desde hace siglos

El ayuno, una práctica presente desde hace siglos en diversas culturas y religiones, no se limita únicamente a la abstención de comida. Para los cristianos, el ayuno es una oportunidad para fortalecer la voluntad y dirigir nuestro ser hacia Dios. Es una forma de orar con el cuerpo, permitiendo que el hambre o la privación despierten una sed espiritual más profunda.

En este camino cuaresmal, el ayuno nos invita a tomar conciencia de aquello de lo que podríamos prescindir temporalmente. No se trata de cumplir una tradición o quedar bien, sino de discernir qué nos impide acercarnos más a Dios y a los demás. Al renunciar a ciertas comodidades o placeres, abrimos espacio para la reflexión, el crecimiento espiritual y la solidaridad con aquellos que sufren necesidades.

Así como Jesús ayunó en el desierto, nosotros también podemos encontrar en el ayuno una oportunidad para profundizar nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. Es un recordatorio de que la verdadera satisfacción y plenitud no provienen de las cosas materiales, sino del amor, la bondad y el servicio.

En esta temporada de reflexión y preparación para la Pascua, consideremos qué podríamos renunciar por un tiempo, no solo por nuestra salud o estética, sino por nuestro crecimiento espiritual y nuestra conexión con lo trascendental. A través del ayuno consciente y voluntario, podemos experimentar una mayor libertad interior y un mayor amor hacia los demás.