Por Aldo López

Soy una persona que no cree en fantasías ni en carros fuego ni en nada que no sea medible y observable. No me convencen esas cosas raras- me dijo aquel joven cuando estábamos esperando el tren en la estación. En medio de un tremendo calor del agosto romano. 

 Está muy bien- le dije- Yo tampoco creo en cosas raras que parecen más a las películas de Hollywood que a la fe, acoté.


Dialogamos un buen rato y al final me dio una palamadita al hombro y dijo: es Ud. muy inteligente, me parece tan extraño que no sea un ateo con ese conocimiento que tiene. Yo le miré y le dije: yo pienso lo mismo de Ud., tiene tanta fe y me parece difícil que no sea creyente. 


No me dio el tiempo de darle mis fundamentos del por qué no soy ateo. Pero luego de llegar a casa, pude sintetizar mis razones en estos puntos, basándome en algunos datos del Dr. Pablo Martínez (Psiquiatra).
Son tres mis razones, fundamentalmente. Allí vamos:

  1. el ateísmo no responde a las necesidades más profundas del alma: el discurso ateo no puede dar respuestas a tres cuestiones que son fundamentales para el ser humano. Ellos son:
  • la identidad: de dónde vengo? quién soy? Para el creyente es fácil, la respuesta es obvia, un ser superior nos creó. Y si uno es cristiano, más fácil aun, «creado por amor.» Ahora, en el ateísmo esto no tiene cabida, el ser humano es fruto del asar, un montón de células que el asar, la suerte se encargó de organizar. Uno tiene que tener mucha fe, para creer que el asar puede lograr esto. Es como afirmar que un viento fuerte entrara en una tienda de telas y fabrique una alta costura de la nada.
  • el propósito: para qué vivo? cuál es la razón de mi existir? Esta preguta no es cualquier cosa, muchos estudiosos hoy día afirman que el propósito de vida es lo único que puede levantar al ser humano de las situaciones más difíciles que le toca vivir.  Si solo estoy aquí por el asar, de qué puedo agarrarme para que mi existencia tenga consistencia, cuál sera el norte de mi caminar. Es realmente admirable sobrevivir creyendo que uno es fruto del asar y además caminar sin un propósito en la vida. 
  • La esperanza: a dónde voy? Cuál es mi destino final? Si la muerte es el aniquilamiento de todo, seríamos los seres más desgraciados del universo porque tenemos sed  natural de eternidad. El corazón anhela, sueña, tiene esperanza.

Para el ateo el ser humano es solo un puñado de genes y células, todo reduce a materia. Esto genera una profunda desesperanza. Al no haber una identidad, tampoco hay propósito. No hay un para qué?

Según algunos estudios, se pudo demostrar que la fe disminuye las enfermedades mentales, al contrario de lo que muchas veces muestra la prensa. Las religiones, especialmente la cristiana, reduce enfermedades porque responde a estas interrogantes. Carl Jung, que no era cristiano, dijo: «en todas las neurosis hay un problema espiritual».
El cristiano puede elevar la mirada y agradecer: «Gracias Dios». El ateo a quién puede agradecer? al asar? Unamuno hace justamente la diferencia entre las lágrimas derramadas pero cargadas de esperanza y las que son vacías. La primera es liberadora, la segunda, irrita como el vinagre.

  1. El hombre puede matar a dios, pero no puede acallar la sed de Dios: Frederick N «mató» a Dios, pero no el deseo del hombre de lo divino.

Esta sed existencial que hay en el ser humano no se llena con cosas, ni se cubre con el bienestar. Esta sed infinita solo la sacia un ser divino o de lo contrario uno corre el peligro de crear sus pequeños ídolos según su voluntad, surgen así una gran variedad de dioses laicos que van desde la adoración de vehículos hasta de animales.  Se puede reprimir la idea de Dios, pero es imposible extirpar la religiosidad insconciente, natural al mismo ser humano. 

  1. Creer en el origen materialista se requiere de mucha fe: decía alguien por ahí: «No tengo la suficiente fe como para ser ateo.»

La posibilidad de que el asar pueda ser la causa de una creación tan compleja es muy poca. 

4.Agrego una cuarta y última razón: lo más bello por el cual no soy ateo es porque el Dios de la Vida me ha seducido, me ha atrapado, me ha ganado en la persona de Cristo. No encuentro otra propuesta más bella, más sabia y sana que el estilo de vida de Jesús de Nazareth.