En estos días aún de Pascua, el corazón nos invita a reflexionar sobre la eucaristía, cuyo significado etimológico nos lleva a entender la palabra como «reconocimiento» o, mejor aún, como «acción de gracias».

En muchas ocasiones dejamos de lado este encuentro con el Padre por diversos motivos, aunque todos tienen un mismo trasfondo, porque somos igual de «eucarescépticos»: existen otras alternativas que me ayudan a acercarme más a Dios; no me gustan las homilías del sacerdote; no lo considero necesario, porque soy creyente no practicante –esto es como ser torero o bailarín, pero no practicante– y rezo de otra manera… En fin, multitud de excusas que nos damos para autoconvencernos de que nuestro argumento es el correcto.

No obstante, quienes participamos asiduamente en la eucaristía de los domingos –aunque existan causas de fuerza mayor que algún domingo impidan hacerlo– reconocemos el bien que nos hace y nos ayuda a centrar lo importante en nuestra vida, que es Dios. Un momento que da sentido a todo lo que hacemos durante la semana y nos prepara para afrontar la siguiente desde la confianza y el agradecimiento.

Si la pregunta es: oye, ¿y a ti que te aporta la eucaristía? Quizá la respuesta podría ser que me permite volver a casa renovado y con el alma depurada; o que me ayuda a descansar mi cruz para ganar en libertad. Aunque una de las mejores respuestas que he encontrado fue en la pasada JMJ de Lisboa, cuando unos amigos –a los que quizá ya no volvamos a ver– nos dijeron que la misa del domingo nos permite estar unidos y sostenidos en la oración cuando decimos al unísono «Padrenuestro», aunque nos separen miles de kilómetros.

Fuente: Pastoral SJ