Esos hombres simples, de pocas palabras y débiles argumentos, de a poco una chispa en el alma los fue incendiando… Esos hombres rudos, unos de las pescas y otros, de las montañas, se convirtieron en los primeros anunciadores de la palabra más esperanzadora de toda la historia: LA MUERTE nos es el final. Vaya osadía… estaban locos o fueron testigos de algo fuera de serie. Algo sucedió! En sus ojos había un brillo inextinguible.

El fin de los discípulos: Los sueños que nunca murieron

Santiago, Tomás y Bartolomé: las lágrimas que nunca borraron los sueños

Santiago, el hermano de Juan, fue el primero de los doce en ser juzgado y condenado por seguir y amar al vendedor de sueños, el Maestro de Nazareth. Había sido un joven independiente y ambicioso; ahora, su ambición era poder aliviar el dolor de las personas, y ayudarlas a encontrar la más excelente fuente de amor.

Santiago o Jacobo se convertiría en un hombre estable, muy diferente del joven frágil e inseguro de los tiempos en que dejó los barcos de su padre. El final de su vida tiene eventos sorprendentes. El responsable de conducirlo al banco de los reos, viendo que lo condenarían, quedó muy perturbado.

De acuerdo con el historiador Clemente, se sintió tan conmovido que, camino a la ejecución, admitió, para sorpresa de todos, que él también era cristiano. Es probable que, por primera vez, un verdugo haya abrazado a un reo y decidido morir con él. Durante el trayecto, pidió a Jacobo que lo perdonara. Este, que había aprendido a perdonar se volvió a su acusador y en una actitud sublime, lo besó, lo llamó mi hermano y le deseó la paz.

Los dos fueron decapitados. Era el año 36 d.C. Jacobo fue el primer discípulo de Jesús en despedirse de la vida con una serenidad cristalina.

Tomás era desconfiado e inseguro. Creía solamente en sus instintos, en lo que podía ver. Pero las semillas que Jesús plantó crecieron en él. Lo controló el amor del Maestro, amor que divulgó en tierras lejanas.

A través de sus palabras, los sueños de Jesús llegaron a medos, partos, persas y otros. Aunque vivian en un reino humano injusto en el que la mayoría moría en la miseria y pocos tenían grandes privilegios, muchos entraron en el Reino de Dios.

El fin de Tomás fue conmovedor. Padeció en una ciudad de la India. Una flecha le quitó la vida. Mientras la vida se le escurría por la herida, él mantuvo viva la esperanza. Debe haber recordado sus tiempos de inseguridad, cuando estaba dispuesto a creer solo si veía en las manos de Jesús las marcas de los clavos (Juan 20.25). Ahora estaba herido, pero el dolor y la sangre que se escurrían por la herida no destruyeron sus sueños. El soñaba con la eternidad.

Dicen que Bartolomé, un discípulo a quien solo se lo nombra en los evangelios, fue grande en el anonimato. Anunció las sublimes palabras del Maestro de los Maestros a los hindúes. Tradujo el evangelio de Mateo para el idioma de ellos, pues quería que todos fueran contagiados con la justicia de Dios y con el amor y la inteligencia de Jesucristo.

Su osadía le costó caro. Hombres perversos que nunca entendieron el valor de la vida lo abatieron a golpes y después lo crucificaron en la gran ciudad de Armenia. Como si no bastara ese dolor horrible, lo decapitaron. La brutalidad de su muerte contrasta con el perfume de sensibilidad que brotaba de su interior. Aunque Bartolomé cerró los ojos para siempre, sus sueños siguieron vivos.

Felipe y Andrés: un valor imperturbable

Felipe, fino y osado, fue divulgando la palabra de su Maestro por ciudades y pueblos. Había una llama incontrolable que Auía de lo íntimo de su ser. Los sueños de Jesús estaban lejos de materializarse fuera de él, pero se hicieron reales en su ser. Para Felipe, valía la pena vivir, aun en medio de las persecuciones más intensas. Ayudar a los demás y guiarlos para que encontraran el sentido de la vida era más importante que todo el dinero del mundo. Trabajó mucho entre las naciones bárbaras. Según la tradición, fue crucificado en Hierápolis, Frigia, en Asia Menor y luego rematado a pedradas.

Felipe usaba la energía de cada célula de su cuerpo para hablar de alguien que revolucionó su vida. Después que se volvió un seguidor de Jesús, aprendió que en el mercado de la vida el individualismo y el egoísmo siempre fueron un artículo común y barato. El amor, al contrario, siempre fue y sigue siendo un artículo precioso para hombres especiales.

Andrés, hermano de Pedro, también tuvo un final trágico. Por orden del gobernador Egeas murió crucificado en la ciudad de Patras de Acaya, Grecia, en el año 60 d.C. habiendo predicado, según la tradición, en el Ponto, Bitinia, Escitia y Tracia. Según Bernardo y Cipriano la confesión y el martirio de Andrés no podrían haber sido más osados.

Andrés, como Jesús, no controlaba a las personas, solamente las invitaba a adherirse a su sueño. Quienes aceptaron la invitación aprendieron a amar ardientemente al Maestro de la Vida. Para los egipcios, que no lo conocían, Jesús no era más que un judío. Nada más absurdo para ellos que amar y seguir a un judío.

El gobernador Egeas se enfureció por el movimiento que se produjo en torno de Andrés. Decidió, por tanto, eliminar a los cristianos, la secta que el Imperio Romano mandara a abolir. Así, con pleno consentimiento del Senado, juzgó digno matar a los seguidores de Jesús y ofrecer sacrificios a sus dioses. Andrés podría haberse protegido y retrocedido, pero prefirió ser condenado a callar constituyéndose entonces en defensor de los seguidores del Maestro de la Vida.

Enfrentando a Egeas en el juicio al que fue sometido, Andrés le dijo que le convenía a quien quisiera ser juez de hombres conocer primero al Juez que habita en los cielos y después de eso, adorarlo. El gobernador, dominado por el odio, consideró su actitud una insolencia. Mandó a amarrarlo y crucificarlo inmediatamente. Quería que la muerte de Andrés sirviera de ejemplo para que nadie más se hiciera cristiano. Pero el mayor favor que se puede hacer a una semilla es sepultarla.

Habría sido de esperar que Andrés se intimidara ante la muerte, fuera dominado por el miedo e invadido por una descontrolada ansiedad. Él, como los otros discípulos, había sido dominado por el miedo cuando Jesús, años antes, fue arrestado en el jardín de la traición. Huyó como oveja delante de los lobos. El tiempo pasó, y ahora era un hombre maduro y valiente. Las semillas y los sueños que el Maestro de los Maestros plantara en el suelo de su personalidad crecieron. Por eso, sus reacciones delante del fin de la vida fueron admirables. Relatos de historiadores revelan que ni siquiera cambió su semblante.

Bastaba que negara todo aquello en lo que creía para salir libre. Pero él, demostrando una convicción inconmovible, exclamó: « ¡Oh cruz, extremadamente bienvenida y tan largamente esperada!». La muerte era una ventana a la eternidad. Y Andrés no se doblegó ante ella.

Demostrando una fuerte estructura emocional, completó su pensamiento diciendo que era un discípulo de aquel que abrazara la cruz y, que hacía mucho él también deseaba abrazarla. Al ser crucificado, expresó que había valido la pena dejar el mar de Galilea y volverse pescador de hombres.

Marcos y Mateo: dos evangelistas que se despidieron de la vida con dignidad Marcos, el evangelista, divulgó solemnemente el mensaje del Maestro de la Vida en Egipto. En los papiros escribió los detalles de la vida de Jesús, y en los corazones clavó sus palabras. Muchos, bajo el calor de sus mensajes recobraron el ánimo por vivir. Descubrieron que el hombre Jesús, que creciera en Galilea, era un médico del alma que comprendía las heridas de los abatidos y la angustia de los desesperados.

Algunos líderes de Egipto no entendieron los delicados mensajes de Marcos. Colmados de odio, lo amarraron y lo arrastraron a la hoguera.

El discípulo murió injustamente, murió porque inspiraba a los seres humanos a soñar con el amor. Lo quemaron vivo y después de muerto lo sepultaron en un lugar llamado «Búcolus». Las llamas le provocaron un sufrimiento indescriptible, trasformando en cenizas su frágil cuerpo. Pero ninguna hoguera podría haber aniquilado las llamas de sus sueños.

Marcos sufrió mucho al despedirse de la vida, pero mientras vivió fue un hombre completo y realizado. Lo que él escribió, encendió el corazón de millones de seres humanos en todas las generaciones. Hasta hoy sus elocuentes escritos queman como brasas vivas en el espíritu y en el alma de las personas, animándolas a no desistir de la vida, a encontrar esperanza en el dolor.

Mateo, el evangelista, el primer publicano trasformado en apóstol, escribió uno de los evangelios. La crítica literaria reconoció en ellos una grandeza intelectual y una elocuencia fascinantes. Jesús ya había partido hacía más de veinte años, pero sus palabras y parábolas quedaron grabadas en la memoria de Mateo. Escribió su evangelio en hebreo.

Mateo salió de Jerusalén por causa de las persecuciones. Fue a Etiopia y a Egipto y contagió a los pueblos de esas naciones con los sueños de su Maestro. Recibió por eso una retribución cruel. Hircano, el rey, mandó traspasarlo con una lanza. La herida provocada extinguió su vida, pero no su amor por Jesús. Él escribió en su evangelio: «Bienaventurados los mansos porque heredarán la tierra ». Contrariando la historia, que siempre fue dominada por la violencia, Mateo aprendió con el Maestro de la Vida que la tierra se conquista con mansedumbre, con paciencia, con sensibilidad. Por eso, perdonó a sus enemigos, fue tolerante con los verdugos y paciente con los necios. Mateo cerró los ojos soñando con heredar una nueva tierra dónde habita la justicia, dónde no hay dolor, odio ni lágrimas.

Juan: el amor como fuente inagotable de rejuvenecimiento

Juan, como muchos otros, fue perseguido muchas veces durante su vida. En los tiempos de Nerón, los inofensivos cristianos eran torturados sin piedad. Mujeres, hombres y hasta niños sirvieron de alimento para las bestias, y de diversión para saciar la emoción insana y enfermiza de los líderes judíos. Vespasiano, el constructor del Coliseo, sucedió a Nerón. Bajo su reinado, los cristianos tuvieron algún descanso. Tito, su hijo, reinó por poco tiempo. En seguida, Domiciano, su hermano, subió al trono.

En el principio, Domiciano actuó de forma moderada. Posteriormente se envaneció de tal forma con el poder que cerró las ventanas de la memoria y obstruyó la capacidad de pensar con lucidez. Deseaba ser adorado como un dios. Su obsesión era tanta que mandó construir imágenes de oro y plata en el Capitolio romano.

Jesús, el Hijo de Dios, fue tan poco interesado en el poder que se postró ante sus discípulos y les lavó los pies. Domiciano, por su parte, un simple mortal, quería que los hombres se postraran ante él. ¡Qué contraste! Solamente las personas pequeñas anhelan ser más grandes que las demás. Solamente las personas inseguras de su propio valor controlan a las otras, y quieren que ellas graviten en torno de su órbita. Los débiles controlan, los fuertes libertan. Jesús nunca despersonalizó a sus seguidores. En lugar de eso, siempre fortaleció la capacidad de ellos. Seguirlo era una invitación para ser libres en la única área dónde jamás deberíamos ser esclavos: dentro de nosotros mismos. Infelizmente, en los días actuales las personas no son tan libres como en otras generaciones, porque viven encarceladas dentro de sí mismas por pensamientos negativos, preocupaciones, miedo del mañana.

Domiciano no podía admitir que en su imperio un judío fuera más admirado que él. Por eso persiguió implacablemente a los cristianos. A Juan lo desterró a la isla de Patmos. No respetó su edad avanzada. Juan era, por ese entonces, un anciano que solo inflamaba en los demás el fuego del amor por la vida. Más tarde, los romanos no soportaron el yugo del emperador que quería ser inmortal y lo asesinaron. Juan recobró su libertad en el año 97 d.C. Se radicó entonces en Éfeso donde permaneció hasta el reinado del emperador Trajano.

A pesar de sus años, Juan conservaba plenamente su motivación. Escribió cartas vibrantes. Para él, todos los que seguían a Jesús, jóvenes o ancianos, eran tratados como hijitos. Los amó intensamente.

El amor lo trasformó en un hombre libre, incluso cuando estaba encarcelado. En la actualidad, muchos son libres, pero viven aprisionados en el territorio de la emoción. Muchos teniendo motivos para sonreír son infelices porque no encuentran una razón sólida para vivir. Juan cuvo todos los motivos para ser un deprimido y presa de la ansiedad, pero el amor rompió los grillos del miedo y de la angustia e hizo de su vida una gran aventura. Quien no ama, envejece precozmente en el cuerpo y en la emoción. Se vuelve insatisfecho, un especialista en murmurar.

Más de sesenta años habían pasado desde la muerte de Jesucristo. Era tiempo suficiente para que se hubieran borrado la memoria y el entusiasmo de Juan. Pero el amor que sentía por el Maestro de la Vida era una fuente misteriosa de rejuvenecimiento. Pese a haber pasado por soledades y persecuciones, su vida se trasformó en un jardín de sueños.

Pedro

Pedro aprendió a valorar más a los demás que a sí mismo. Erró mucho, pero amó más. La tolerancia irrigaba su alma. Presenció algunas disensiones entre los discípulos pero aprendió a actuar con amabilidad e inteligencia. Las confrontaciones entre los discípulos relatadas en el libro de Hechos y en las cartas a los corintios y a los gálatas tienen gran significado para la investigación psicológica porque indican que ellos eran normales y no sobrenaturales, que aprendieron a dialogar y a superar con sabiduría sus dificultades.

En la carta a los gálatas, Pablo comenta que él y Pedro tuvieron un desentendimiento. Pero los dos se amaban. Aprendieron con Jesús que la grandiosidad de un ser humano está en su capacidad de hacerse pequeño, de escuchar sin temor ni preconceptos lo que los demás tienen que decirnos.

Al final de su vida, Pedro mostró en una de sus cartas un afecto impresionante para con Pablo, con lo que quedó demostrado que no había resentimientos entre ellos. El lo trataba de amado hermano Pablo, demostrando una habilidad para superar divergencias, algo raro en los días actuales. Nada es tan cariñoso y tierno como esa expresión.

Pedro salió de Jerusalén y fue exhalando por donde pasaba el perfume del Maestro del Amor. Se volvió líder en perdonar. Por fin, también fue condenado. Algunos relatos dicen que fue crucificado en Roma. Según Hegesipo, el emperador Nerón buscaba pruebas para condenar a Pedro.

Ante esa eventualidad, algunos creyentes le pidieron insistentemente que huyera.

Así lo hizo, pero al llegar a las puertas de la ciudad sintió que algo lo quemaba por dentro. Se acordó de su Maestro, quien había enfrentado las aflicciones y el caos en silencio y con la mayor dignidad. Entonces, contrariando a todos, regresó. El historiador Jerónimo dice que lo crucificaron después de haberlo condenado como un vulgar criminal. Pero el único crimen que cometió Pedro fue el de amar, perdonar, tolerar y preocuparse de los demás.

Cuenta la tradición que al ser crucificado no se sintió digno de morir de la misma forma que Jesús por lo que pidió que lo clavaran en la cruz con la cabeza hacia abajo. Es probable que en el momento de la crucifixión Pedro haya mirado dentro de sí y encontrado los ojos sublimes de Jesús confortándolo, como lo hiciera en el patio del Sanedrín. Ahora, sin embargo, no sentía vergüenza, pues no lo estaba negando, sino que estaba diciendo al mundo entero cuánto amaba a su Maestro. El miedo se disipó, el amor prevaleció.

Mientras moría, Pedro soñaba el mayor de los sueños, soñaba que el Maestro de la Vida y él nunca más se separarían.

Pablo

Pablo se hizo famoso en Roma. Su elocuencia era imbatible. Quien entraba en contacto con él tenía grandes posibilidades de cambiar para siempre la ruta de su propia vida. Anteriormente, él había deseado apagar el incendio producido por Jesús en el alma de los hombres. Ahora era el mayor incendiario. Usó toda su inteligencia para divulgar la grandeza poco visible del carpintero de Nazaret, para mostrar que Jesús había vencido el caos de la cruz y que su muerte se trasformaba en la ventana para la eternidad.

Lo consideraron loco, tal como en tiempos pasados el llamara locos a los que seguían a Jesús. Fue torturado en repetidas ocasiones y tuvo pocos momentos de descanso. Tenía todos los motivos para callar y dejar de propagar los sueños de Jesús, pero nadie lograba silenciarlo, ni siquiera los frecuentes riesgos de muerte. Sus cabellos blanquearon, su piel quedo marcada por los azotes, su rostro por las noches mal dormidas, pero dentro de él había una energía inagotable. Muchos tienen motivos para ser felices, pero son tristes y ansiosos. Pablo tuvo todos los motivos para ser una persona triste y estresada, pero fue un ser humano feliz y sereno.

En sus últimos años estuvo preso en Roma. Pero su boca jamás se calló. En la cárcel, seguía hablando, promoviendo reuniones y convocando a judíos y romanos. De entre estos últimos, muchos soldados entraron en los sueños de Jesús. No pocos guardias encargados de vigilarlo cambiaron para siempre sus vidas.

Cuando ocurrió la primera gran persecución en Roma, Nerón tuvo la oportunidad de acabar con la vida del hombre que contagiaba a los romanos con el sueño de la eternidad. En una situación desesperada, el emperador envió a dos de sus fuertes escuderos, Feregas y Partemio, para que silenciara al dócil Pablo.

¿Dónde estaba Pablo en ese momento? Enseñando.

El ambiente en Roma era tenso. Los cristianos eran vistos como si fueran portadores de lepra. Cuando llegaron hasta donde estaba Pablo, los dos verdugos lo vieron enseñando al pueblo. El momento era conmovedor. De pronto, algo sucedió dentro de ellos. Lo que oyeron los impresionó y en una actitud sorprendente, le pidieron que orara por ellos para que también pudieran creer. Pablo los miró y les dijo que en breve creerían pero por sobre su tumba. Estaba consciente de su fin y de que su muerte aún produciría frutos.

Poco tiempo antes, había escrito una carta a los filipenses revelando una valentía sin precedentes ante la muerte. Pablo vivió una vida intensa.

Sufrió mucho, pero amó más aún. Cruzó el valle de la angustia, pero bebió de la fuente del gozo. Fue tan feliz que tuvo el valor de, estando encarcelado, recomendar a sus lectores que fueran felices: « Estén siempre gozosos». ¿Qué misterio es ése que hizo a hombres felices en situaciones tan miserables? ¿Qué secretos se ocultaban en lo íntimo de sus espíritus que los tornaban bienaventurados en lugar de desesperados?

Pablo también soñaba con una patria superior. En esta tierra él se consideraba un huésped pasajero. Su corazón buscaba un reino de alegría, paz y justicia. Los soldados de Nerón lo condujeron fuera de la ciudad. Allí el oró, hablando con el Dios que vivía en lo profundo de su ser aunque nunca lo haya visto.

Después de ese momento, se despidió de esta vida tan bella y compleja, tan rica y llena de decepciones, tan larga y, al mismo tiempo, tan corta.

Como tenía ciudadanía romana, no lo crucificaron. En su juventud, llevó a la muerte a muchos seguidores de Cristo. Ahora, le había llegado el turno a él. Con un valor tremendo, ofreció su cuello a los verdugos quienes lo decapitaron sin más trámite.

Tal vez muy pocos hayan amado tanto a la humanidad como Pablo. Aprendió con el Maestro del Amor a valorar a cada ser humano como una joya única. Consideró a los esclavos, a los pobres y a los excluidos tan importantes como los reyes y los nobles.

Troncharon su vida pero no sus sueños. Murió por ellos. Lo que Pablo escribió acerca de Jesucristo incendió el mundo. La historia jamás fue la misma después de sus bellas, profundas y poéticas cartas.

¿Por qué vale la pena vivir?

Sería de esperar que las personas del siglo XXI fueran alegres, tranquilas, divertidas, gracias a la multimillonaria industria del entretenimiento a que tienen acceso. Pero, lejos de eso, vemos a la gente estresada, bloqueada, triste. Sería de esperar que el acceso a la tecnología y a los bienes materiales hiciera que las personas tengan más tiempo para ellas mismas.

Pero la realidad muestra una tendencia totalmente opuesta: raramente dedican tiempo a las cosas que aman. A pesar de vivir apretados en sociedades populosas, la proximidad física no trajo acercamiento emocional. El diálogo está muriendo. La soledad se volvió un hábito. Las personas aprenden durante años las reglas del idioma, pero no saben hablar de sí mismas. Los padres ocultan de los hijos sus emociones. Los hijos ocultan de los padres sus lágrimas.

Los profesores se ocultan detrás de la tiza y de la computadora. Psiquiatras y psicólogos buscan solucionar, sin éxito, la soledad, pues ella no puede ser tratada dentro de las cuatro paredes de un consultorio.

Los seguidores de Jesús no poseían dinero, fama ni protección, pero tenían todo lo que los seres humanos siempre desearon. Tenían alegría, paz interior, seguridad, amigos, ánimo. Cada uno de ellos vivió una gran aventura.

Tuvieron grandes sueños y valor para arriesgar todo y transformarlo en realidad. Tal vez jamás hayan existido en la tierra personas tan realizadas, sociables y satisfechas. No tenían nada, pero lo poseían todo. Eran discriminadas, pero estaban rodeadas de muchos amigos. En algunos momentos parecía que habían perdido la esperanza y la fe, pero cada mañana era un nuevo comienzo. Cada derrota, una oportunidad para aprender, crecer y seguir en el camino.

Sufrieron como pocos, pero aprendieron a no murmurar. De sus bocas salía una gratitud diaria por el espectáculo de la vida. No exigían nada de los demás, pero daban todo lo que tenían. Fueron tolerantes con sus enemigos, aunque sus enemigos fueron implacables con ellos. Se volvieron amantes de la paz, fueron pacificadores de los afligidos, comprendieron la locura de los que se consideraban lúcidos, Fueron felices en una sociedad inhumana.

En la juventud tuvieron muchos traumas, pero el vendedor de sueños hizo algo que deja boquiabierta a la ciencia moderna: los trasformó en el grupo humano más inteligente y saludable. Las cartas que escribieron revelan características de personalidad que pocos psicólogos y psiquiatras han conquistado. Los sueños que vivieron coinciden con los más bellos sueños de la filosofía, de la psicología, de las ciencias de la educación. Mostraron que vale la pena vivir, aun cuando les quitaron la vida. 

Detengámonos para reflexionar un poco. ¿Habrá nuestra vida alcanzado un significado igualmente grande? Jesús demostró de muchas formas la grandeza de la vida. ¿Comprendemos su valor?

¿Quiénes somos? Somos centellas vivas que brillan durante unos cuantos años en el teatro de la vida y después se apagan tan misteriosamente como se habían encendido. Nada es tan fantástico como la vida, pero nada es tan efímero y fugaz como ella. Hoy estamos aquí, mañana seremos una página de la historia. Un día, todos nosotros nos encontraremos en la soledad de una tumba, y allí no habrá aplausos, ni dinero, ni bienes materiales. Estaremos solos.

Si la vida es tan rápida, no deberíamos, en esta breve historia del tiempo, buscar los sueños más bellos, las aspiraciones más ricas? ¿Qué hace que la vida tenga valor? ¿Vale la pena vivir? ¿Cuáles son los sueños que le dan orientación a nuestro trayecto? Muchos sufren de depresión, ansiedad, estrés, no solo por conflictos en la infancia sino por la angustia existencial, por el tedio que los desanima, por la falta de un sentido sólido en sus vidas.

Muchos tienen fortunas, pero mendigan el pan de la alegría. Muchos tienen cultura, pero les hace falta el pan de la tranquilidad. Muchos tienen fama, pero no hay colorido en su emoción. Crisis existencial, vacío interior y soledad son palabras que no formaban parte del diccionario de la personalidad de los discípulos del Maestro de los Maestros.

Cuando Jesús agonizaba en la cruz dijo frases inolvidables que inspiraron al centurión romano encargado de su martirio. Los verdugos que lo escucharon reconocieron su grandeza y comenzaron a soñar, En la muerte de sus discípulos, ocurrió el mismo fenómeno. La dignidad, la seguridad y la sensibilidad que demostraron en los últimos momentos hicieron que algunos torturadores se doblegaran. ¿Qué fenómeno interior es ése que deja extasiadas a la sociología y a la psicologia? Si, como yo hice, Nietzche, Karl Marx y Jean-Paul Sartre se hubiesen dado a la tarea de analizar la personalidad de Jesús y su influencia en la mente de los discípulos, probablemente no estarían entre los mayores ateos que pisaron esta tierra. Es posible que estuviesen entre sus más entusiastas seguidores.

Las sociedades humanas no comprendieron la grandeza de la personalidad de Jesús. Es imposible que alguien hiciera lo que él hizo y ser solo un ser humano. A pesar de ser tan humilde, su vida estuvo cercada de misterios. Millones de personas reconocen que él era el Hijo de Dios.

Su comportamiento sorprendente y sus milagros confirman eso. Pero nunca alguien tan grande fue tan humano. Muchos hombres quieren ser dioses para estar por encima de los sentimientos comunes, pero él se enamoró de tal forma de la humanidad que quiso ser como nosotros, igual a usted y a mi.

Su personalidad no solo revela que él alcanzó el auge de la salud psíquica, sino que fue aún más lejos. Fue el mayor educador, psicoterapeuta, socio-terapeuta, pensador, pacifista, orador, vendedor de sueños, experto en hacer amigos de todos los tiempos. Muchos de los líderes religiosos de la actualidad que dicen seguirlo, desconocen esas magníficas áreas de su personalidad.

Analicé la inteligencia de Cristo criticando, investigando sus cuatro biografías, los evangelios, en distintas versiones. Estudié las intenciones conscientes e inconscientes de sus autores. Tal vez yo haya sido uno de los pocos científicos que investigaron la personalidad del Maestro de los Maestros.

Mi primera constatación fue que el hombre que dividió la historia no podría ser fruto de la ficción humana. Él no cabe en nuestra imaginación. Cristo anduvo y respiró en esta tierra. La segunda consecuencia de la investigación fue que, la grandeza de su personalidad expuso las  de mi personalidad. Me ayudó a comprender mis limitaciones y mi pequeñez.

El tercer resultado me sorprendió. Al analizar al vendedor de sueños, fui contagiado por él. Comencé a soñar sus más bellos sueños.

Que su vida también se trasforme en un jardín de sueños. Y cuando vengan las pesadillas, ¡jamás deje de soñar!