En el Evangelio según Mateo, encontramos un pasaje poderoso que nos invita a reflexionar sobre nuestro juicio hacia los demás. En el capítulo 7, versículos 1 al 5, se nos dice: «¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que está en el tuyo?».

Esta pregunta desafía nuestra tendencia natural de señalar y juzgar los errores y defectos de los demás, mientras pasamos por alto nuestras propias faltas. San Agustín nos recuerda que aquellos que se enfocan exclusivamente en los pecados ajenos, dejan de prestar atención a sus propias fallas. En lugar de buscar cómo mejorar y corregir sus propias acciones, se dedican a criticar y buscar defectos en los demás.

Es fácil caer en la trampa del juicio y la crítica desmedida. Nos sentimos tentados a resaltar las imperfecciones de los demás, creyendo que eso nos hace superiores. Sin embargo, Jesús nos llama a una mirada introspectiva, a examinar nuestros propios corazones y acciones antes de apuntar el dedo hacia los demás.

Al observar la «paja en el ojo de nuestro hermano», nos distraemos de la «viga en nuestro propio ojo». Este mensaje nos insta a reconocer nuestras propias debilidades, errores y pecados. En lugar de desperdiciar energía y tiempo en juzgar a los demás, debemos dirigir nuestra atención hacia nuestro propio crecimiento espiritual y moral.

La autocrítica es una herramienta poderosa que nos permite crecer y mejorar como personas. Al ser conscientes de nuestras propias limitaciones, podemos trabajar en superarlas y desarrollar virtudes que nos lleven por el camino de la rectitud. Además, al reconocer nuestras faltas, cultivamos la humildad y la comprensión hacia los demás, evitando caer en el orgullo y la arrogancia.

Mirar hacia nuestro propio ojo requiere valentía y honestidad. Significa reconocer nuestras debilidades y estar dispuestos a cambiar. No se trata de negar los errores de los demás, sino de comenzar por nosotros mismos, siendo modelos de rectitud y compasión.

Al practicar la autocrítica, cultivamos la empatía y la comprensión hacia los demás. Nos volvemos más tolerantes y compasivos, comprendiendo que todos somos seres imperfectos en constante proceso de aprendizaje y crecimiento. Al entender nuestras propias luchas internas, estamos mejor equipados para ayudar y apoyar a aquellos que también enfrentan desafíos.

En lugar de buscar constantemente los defectos en los demás, encontremos la fuerza para mirar hacia nuestro propio corazón y mejorar como individuos. Adoptemos una actitud de humildad y autocrítica constructiva, reconociendo que solo cuando cuidamos de nuestra propia viga, podemos ayudar genuinamente a nuestros hermanos.

Recordemos las palabras de San Agustín: «No busquemos en qué podemos morder, sino qué hay que corregir». Abandonemos el juicio superficial y la crítica infundada, y trabajemos en nuestra propia transformación