A los pies de una inmensa montaña había una arboleda. Y en esa arboleda, vivían unas cuantas  ardillas.Las ardillas eran felices viviendo entre los árboles frondosos ya que les aportaban su alimento: principalmente, las bellotas

Sucedió un día, que ya rebosantes de tanta felicidad, algo inoportuno aconteció en la arboleda. La ardilla más vieja de la familia, comenzó a gritar desenfrenadamente que le habían robado todas sus bellotas. En los muchos años que las ardillas llevaban conviviendo, nunca había sucedido nada semejante. Y entonces se armó un alboroto indecible.

Las ardillas, comenzaron a echarse la culpa una a la otra, y a decirse toda clase de cosas horribles que siempre lastiman los oídos y entristecen al corazón.

Pero en lo alto de la montaña, vivía un águila. Y el águila era un ave que podía escuchar y ver todo lo que pasaba allá abajo. Al principio, el águila reflexionó que aquel revuelo se debía simplemente a un malentendido. Y que tal vez por un descuido involuntario de la vieja ardilla, las bellotas habían ido a parar erróneamente en el hueco de algún árbol vecino.

Sin embargo, las ardillas ni se molestaron en buscar las bellotas, y se fueron a dormir exasperadas.

Aquella noche, el águila estaba dando sus rutinarias vueltas nocturnas por el aire, cuando de repente percibió a lo lejos una pequeña silueta que saltaba y se escondía entre los árboles. Es sabido que los ojos del águila, pueden ver hasta cuatro o cinco veces más lejos que cualquier otra especie, incluido al hombre. Y fue por eso precisamente, que el águila descubrió que aquella pequeña y escurridiza silueta, pertenecía a una ardilla.

Aquella ardilla, que era tramposa y ruin, sabiendo que pronto llegaría el frío invierno, entraba por las noches en los huecos de las casas de las ardillas más viejas y se robaba las bellotas. Al ver la insidia, el águila se elevó en el aire a cientos de metros en cuestión de segundos, cerró sus enormes alas y cayó en picada a más de doscientos cuarenta kilómetros por hora sobre la ardilla tramposa.

Y cuando la tuvo atrapada con sus garras curvas y afiladas, comenzó a chillar por encima de los árboles mostrando su presa.

Entonces las ardillas despertaron de su sueño y al mirar hacia lo alto del cielo descubrieron en las enormes garras del águila, al verdadero culpable del robo de las bellotas…

Reflexión: Si un águila puede ver a su presa a más de quinientos metros de distancia, imaginemos entonces cuánto más puede alcanzar a ver Dios.

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