Aprender y desaprender, abrazar y soltar… Hay momentos en los que hay que aferrarnos fuerte; en otros, hay que dejar que el tiempo aclare las cosas. Se puede tratar de atajar una correntada de agua si es pequeña. Pero si ya no se puede hacer nada, a veces lo mejor será buscar un lugar un poco más elevado y contemplar llorando o simplemente en silencioso misterio.

Preguntó alguien una vez:

  • ¿Qué debo tomar para ser feliz?

Le respondieron: tome unas dosis de buenas decisiones.

Pero cómo se hace en verdad para tomar estas necesarias buenas decisiones. Es un acto humano irrenunciable, somos nuestras decisiones. Y en este asunto hay que ser claros: o tomamos decisiones por nosotros mismos u otros se encargarán de hacerlo por nosotros. La vida se mueve como una hamaca entre lo autónomo y lo heterónomo, no hay punto medio.

Hagamos dos ejercicios pensando en las:

  1. tres peores decisiones que hemos tomado en la vida.
  2. las tres mejores decisiones que hemos tomado.

En la primera qué nos falló? Por qué hemos elegido mal? Y en la segunda cómo fue que le pegamos al ojo. A veces hay una intuiciones del alma, un no sé qué que nos alerta como un semáforo anaranjado.

El signo que hace el profeta Eliseo es muy iluminador. Dice el libro de los reyes: “Elías encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando… Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima.” Al recibir este llamado Eliseo hace las siguientes acciones:

  1. Abandonó los bueyes
  2. Echó a correr tras Elías y dijo: «Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré».
  3. Eliseo volvió atrás, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio.
  4. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó al pueblo para que comiera.
  5.  Se levantó,
  6.  Siguió a Elías
  7.  Se puso a su servicio

Estos puntos los podemos analizar a la luz de la indiferencia ignaciana. Para San Ignacio “indiferencia” es “disponibilidad”, o “abandono” –no en el sentido de pereza o dejadez, sino el abandono en manos de Dios-. Es decir, es un desapego de nuestro propio ‘querer’, para ‘querer lo que quiere Dios’ Eliseo mata sus bueyes y quema su arado. Indiferencia es la disponibilidad para conocer la voluntad de Dios y seguirla. Nadie “es” indiferente, sino que debemos “hacernos” indiferentes. Es una elección, un aprendizaje.

La regla ignaciana dice “el hombre ha de usar de las cosas cuanto le ayudan y tanto debe quitarse de las cosas cuanto le impidan para el fin para el cual ha sido creado”.

A veces perdemos potencias importantes en cuestiones secundarias. Por ejemplo, nos desgastamos mucho en contiendas y rencillas comunitarias. La ley del amor nos libera para tomar las decisiones más justas. Dice San Pablo: “La ley se cumple en una sola frase, que es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero, cuidado, pues mordiéndose y devorándose los unos a otros acabarán por destruirse mutuamente.”

Siempre uno elige o discierne entre dos cosas. Y la disponibilidad no significa sentir inclinación hacia un lado, no es la apatía. Naturalmente nos inclinamos hacia la salud y el bien. Nadie se inclina hacia la pobreza si no es por una opción, nadie se inclina naturalmente al deshonor, sino aunque más no sea al respeto. Hacerse indiferente es ‘ponerse al medio’ e inclinarse para el lado que Dios disponga: si Dios lo quiere –y solo si Dios lo quiere- (porque hay gente que supone que Dios siempre quiere cosas feas, dolorosas), lo acepto sea doloroso o lo contrario. Hay también gente que cree que, si está dispuesta a todo, Dios siempre le va a pedir lo peor, le tienen por eso miedo a la voluntad de Dios. No se abandona a Dios porque tiene la imagen de un Dios que siempre está pidiendo cosas difíciles, y esto es un error. A veces la voluntad de Dios puede coincidir con nuestras inclinaciones o deseos.

Muchas veces Dios pide menos de lo que imaginamos nos va a pedir, pero tenemos que estar dispuestos a más. Y es esto lo que a veces nos cuesta. Por lo tanto, no se trata de contrariar porque sí nuestras inclinaciones prefiriendo lo que nos repugna, porque esto también sería malo: ni tampoco negando lo que nos gusta sino solo en el caso de que sea voluntad de Dios y la reconozcamos claramente como tal.

Aprender a elegir entre lo bueno, lo mejor. Un día solo quemando nuestros arados y matando nuestros bueyes podremos pasar al siguiente paso. Tal vez sea el paso decisivo.