A las 3 p.m., en la hora más callada de la tarde, el mundo se detiene. En un instante de oscuridad, la vida parece desvanecerse, dejando un vacío de miedo y confusión. Algo diferente, ajeno a lo humano, parece presente, observando en silencio. Y en ese momento, en ese espacio, la temperatura desciende y la angustia se apodera de los corazones.

Jesús, en agonía bajo la cruz, experimenta un peso inmenso, el peso de una especie entera. Su cuerpo, lleno de recuerdos, se va apagando lentamente. Pero incluso en ese momento de sufrimiento extremo, no está solo. Su Padre, en persona, le habla. Jesús escucha y llora. Sus latidos se aceleran, su cuerpo se apaga, pero su mente se llena de destellos de momentos significativos: momentos de amor, de sanación, de sacrificio.

La imagen de Jesús, con el brazo arremangado sacando a un muerto, el aroma fresco de la tierra alrededor de Lázaro, las risas y las anécdotas compartidas, el amor incondicional de su madre. Todos estos recuerdos se entrelazan en su mente, recordándole quién es y por qué está allí.

Y en ese último aliento, Jesús nos deja un legado de amor incondicional: «Ámense los unos a los otros, cómo yo los he amado». Un amor que trasciende el tiempo y el espacio, un amor que nos sostiene en los momentos más oscuros y difíciles.

Este mensaje está dedicado a un hombre que murió por amor a la humanidad, recordándonos que el amor es el mayor sacrificio y la mayor fuerza que tenemos. En tiempos de oscuridad, recordemos fijar nuestra mirada en Jesús, quien nos enseña el verdadero significado del amor. 🙏❤️

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