Cuando hablamos del Corazón de Jesús, no nos referimos solo al órgano físico, sino a su profundo significado simbólico: el amor en su máxima expresión, un amor manifestado a través de acciones concretas. El Corazón de Jesús es el símbolo del amor divino hecho obras.

Cuando Jesús mostró su propio corazón, nos invitó a mirar más allá de lo superficial y a enfocarnos en lo más profundo y original del cristianismo: el amor de Dios. Con su gesto, nos dice: «¡Mira cómo los he amado! ¡Solo les pido una cosa: que correspondan a mi amor!»

Lamentablemente, nuestra respuesta al amor de Dios a menudo no está a la altura de su llamada. Sufrimos de una afección cardíaca espiritual, una enfermedad que parece característica de nuestro tiempo. Esta afección va desde la insuficiencia hasta la parálisis del corazón, manifestándose en la incapacidad de amar verdaderamente y de sentirnos amados.

Nuestro amor se ha vuelto desordenado y desequilibrado, carente de disposición al sacrificio. Predomina el amor egoísta, centrado en uno mismo, cultivando el apego y la esclavitud al propio yo, hasta el punto de «endiosarnos«. Este amor impersonal y frío ha reemplazado al amor genuino y personal.

La Misericordia de Dios

Nos dicen que Dios “ve con ojos de misericordia” y tiene un corazón como el nuestro. La misericordia, del latín miser (desdicha) y cor-cordis (corazón), describe la capacidad de poner el corazón en medio de la desgracia ajena. Es mirar el sufrimiento cara a cara con el corazón, con el centro de nuestro ser donde guardamos lo que amamos.

Entregarse por alguien, sostener al que llora, vivir con gratuidad, perdonar, comprometerse, construir… son formas de poner el corazón en juego, de practicar la misericordia, de amar de verdad. Esta es la esencia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Esta devoción nos invita a dejarnos acompañar por Él, a no buscar su lógica, sino a descansar en ella. Es una expresión de la plegaria que nuestras abuelas murmuraban: «Corazón de Jesús, en Vos confío». Supone confiar nuestras vidas a sus manos, vivir día a día la Contemplación para alcanzar amor, como decía San Ignacio.

Somos infinitamente queridos, esperados y acompañados por Dios. Entender esto nos lleva a comprender que el amor verdadero no es una conquista, sino una entrega a los demás. Supone lanzarse, apostar, abrazar y acoger, tal como lo hace el Corazón de Jesús. Vivir en esta devoción es reconocer que, aunque no somos perfectos, Dios nos busca para que, con su amor, luchemos por serlo.