La pregunta sobre qué queremos ser cuando crezcamos ha sido una constante en nuestras vidas desde la infancia. A medida que nos hacemos mayores, parece que debemos tomar decisiones que marcarán nuestro futuro, incluso cuando aún estamos en la educación obligatoria. Este sistema se ha mantenido casi inalterado a lo largo de las generaciones, aunque el mundo actual es mucho más complejo.

Entre las generaciones actuales, como la X, Z o de cristal, la elección de la carrera o el camino a seguir se presenta en un contexto mucho más complejo. La abundancia de información y opciones hace que la toma de decisiones sea desafiante. ¿Cómo eligen los jóvenes de hoy en día? La respuesta no es clara, ya que el acceso a la información puede ser abrumador y, a veces, confuso.

En el contexto católico, responder a la pregunta «¿Qué quiero en la vida?» implica descubrir la vocación de cada individuo, entender a qué están llamados por Dios. La Biblia está llena de ejemplos de llamadas divinas: desde Jesús llamando a sus discípulos hasta Dios llamando a personajes como Moisés, José, María y muchos más. La dinámica común es que, a pesar de la resistencia inicial, aceptan el llamado, superan el miedo y glorifican a Dios con sus vidas, mejorando así la vida de los demás.

En este tiempo desafiante, repleto de estímulos y distracciones, es crucial ayudar a los jóvenes a afinar sus sentidos para escuchar su vocación verdadera. La misión, según San Ignacio, es que cada cristiano dé gloria a Dios con su vida y mejore la vida de los demás.

En definitiva, descubrir la vocación es una tarea vital, y cada uno de nosotros tiene un propósito único en la vida. La esperanza radica en ayudar a los jóvenes a discernir su llamado y responder a esa gran pregunta: ¿Qué quiere Dios de mí?