En el Evangelio de Mateo, se nos enseña que «todo árbol bueno da frutos buenos» (Mt 7,15-20). Esta poderosa metáfora nos invita a reflexionar sobre la importancia de nuestras acciones y su impacto en nuestra vida y en la de los demás. Al igual que un árbol que produce frutos, nuestras acciones tienen el potencial de generar resultados positivos o negativos en nuestro entorno.

Imagina por un momento que cada día eres un árbol, y tus palabras y acciones son los frutos que produces. ¿Qué tipo de frutos estás dando al mundo? ¿Son frutos de paz o de discordia, de armonía o de división, de fortaleza o de desánimo, de generosidad o de indiferencia? Estas preguntas nos invitan a examinar nuestras actitudes y comportamientos, y a tomar conciencia del legado que estamos dejando.

Cada una de nuestras acciones tiene una influencia directa en nuestra vida y en la vida de aquellos que nos rodean. Si cultivamos virtudes como la amabilidad, el respeto, la compasión y la solidaridad, estaremos sembrando semillas de amor y bondad en nuestro entorno. Estos frutos buenos no solo nos benefician a nosotros mismos, sino que también contribuyen a crear una sociedad más armónica y equilibrada.

Por otro lado, si permitimos que la negatividad, el egoísmo o la indiferencia dominen nuestras acciones, estaremos sembrando semillas de discordia y dolor. Estos frutos dañinos no solo afectarán nuestras relaciones personales, sino que también contribuirán a la división y el malestar en nuestra comunidad.

Es importante recordar que el cultivo de frutos buenos no ocurre de la noche a la mañana. Requiere un compromiso constante y un esfuerzo consciente para actuar de acuerdo con nuestros valores y principios. Al igual que un árbol necesita cuidado, agua y luz para crecer y dar frutos, nosotros también necesitamos alimentar nuestra mente y nuestro corazón con pensamientos positivos, conocimiento y sabiduría.

Además, es esencial estar atentos a los frutos que otros nos ofrecen. En el pasaje del Evangelio, Jesús nos advierte sobre los falsos profetas, aquellos que aparentan ser árboles buenos pero en realidad producen frutos malos. Es importante discernir y evaluar las intenciones y las acciones de quienes nos rodean, para evitar dejarnos llevar por la negatividad y el engaño.

En resumen, el pasaje «todo árbol bueno da frutos buenos» nos invita a reflexionar sobre la importancia de nuestras acciones y su impacto en nuestra vida y en la de los demás. Cada día tenemos la oportunidad de cultivar frutos buenos a través de nuestras palabras y acciones. Que seamos conscientes de nuestra capacidad para generar un legado de paz, armonía, fortaleza y generosidad. Recordemos que el mundo necesita más árboles buenos que den frutos buenos.