Con el ritmo de vida que llevamos, la cantidad de estímulos externos, el estrés, los plazos de entrega y las diferentes preocupaciones que inundan nuestro día a día muchas veces caemos en el error de poner el piloto automático y dejarnos llevar. Y así, sin apenas darnos cuenta, los días se convierten en semanas, las semanas en meses, y una vez más nos encontramos en fechas significativas como Navidad, luego la Cuaresma, Semana Santa, nuestro cumpleaños o el final del año.

Es en estos momentos de pausa y reflexión que nos damos cuenta de cuán fácil es perder de vista lo que realmente importa. Semanas pasan sin que hayamos ido a misa, sin haber dedicado ni cinco minutos a la lectura del evangelio diario o simplemente a estar con Dios. Nos prometemos a nosotros mismos asistir a misa el próximo domingo, hacer nuestro examen ignaciano esta noche o rezar un Padre Nuestro en el próximo semáforo, pero antes de que nos demos cuenta, la rutina nos absorbe una vez más.

Aunque ya estemos prácticamente finalizando febrero y nuestras resoluciones de año nuevo se hayan desvanecido, nunca es tarde para reevaluar hacia dónde queremos dirigirnos en esta vida. Quizás sea el momento de volver a poner a Dios en el centro, de permitir que Él ocupe todos nuestros espacios. En medio del ahogo y la confusión, que Dios sea nuestro oasis de calma, donde podamos detenernos a respirar y encontrar claridad.

Que seamos capaces de distinguir su luz entre la bruma de nuestras preocupaciones y redirigirnos hacia Él. En esos momentos en los que sentimos que nos estamos ahogando, que Dios sea nuestro refugio seguro, donde podamos encontrar paz y renovación. Nunca es tarde para volver a encaminarnos hacia lo que realmente importa en la vida.